Origen: Santa Maria de la Vega Autor: : [1197 Visitas]
En los mentideros municipales, fraguas y barbería, contaban que el tio Andresón era un fanfarrón de tomo y lomo. Presumía de ser el más osado de la Valdería, No se inmutaba por los ruidos más extraños ni en los parajes más siniestros ni temía a rayos y centellas de las más tenebrosas tormentas de verano.
Desde la infancia, Andresín, destacó en la pandilla por sus bravuconadas, No temía ni a vivos ni a muertos. Mostraba el mismo semblante en un baile que en un funeral. Era el primero en entrar el una cueva arroñada o en meter la mano en los nidos de los pozos.
Una noche oscura como la boca del lobo, reunidos los mozos junto al rollo de la plaza y bajo el corredor de la desaparecida escuela de niñas, rememoraban sus hazañas de mili y conquistas amorosas.
Andresón saltó con una fanfarronada de las suyas: que era capaz de saltar dentro del cementerio viejo en medio de la noche. La apuesta fue aceptada por el grupo: un gallo de corral, bolsa grande de cacahuetes y un cuartillo de vino nuevo.
Antes de la hora prevista, dos intrépidos mozos se adelantaron y se escondieron tras una cruz de granito. Eran las dos de la madrugada de una noche oscura y silenciosa. Reinaba un silencio sepulcral, sólo interrumpido por algún sonido del búho que anidaba en la cercana huerta La Jorga.
Andresón asiéndose a las piedras del muro, trepó y saltó la tapia del camposanto y cayó entre las lápidas de dos tumbas.
Cuando comenzó el regreso, en el momento de la ascensión, sintió que las piernas le pesaban y que una insólita fuerza de gravedad el impedía salir del barrio de los muertos.
La sangre se le cuajaba, la respiración era insuficiente y un escalofrío le ascendía por su cuerpo. Era como la pesadilla que soñamos los cobardes. No podía avanzar ni salir. Se descompuso. Un fuerte olor salpicó la noche. Los de dentro, temerosos de una verdadera desgracia irreparable, lo soltaron y le permitieron trepar y salir del cementerio.
Cuando llegó al grupo que le esperaba bajo la tenue luz de la esquina, no acertaba a hablar. Dijo encontrarse mal. Estaba pálido, exhausto y apamplado. Durante varias semanas no se le vio por el pueblo. Había ganado la apuesta, pero había perdido la sonrisa.